Tuesday, May 29, 2007

Síndromes para echar de comer aparte (I)

Esta es la entrada número 69.

Cabría contar alguna curiosidad eróticofestiva, pero hoy, día gris y lluvioso, es un buen día para comenzar la serie "Síndromes para echar de comer aparte".



Foto de Alberto Romero

El síndrome de París

“Después de visitar París algunos japoneses caen presos del llamado "síndrome de París". Las expectativas previas al viaje y su confrontación con la realidad deja a los ingenuos japoneses hechos un asco, presos de manías persecutorias. Los casos incluyen a un turista convencido de que era Luis XIV o una mujer que se creía atacada por microondas.”
Cuando me lo contó mi amiga Mariève, pensé que se trataba de una broma. Cuando alguien te dice que va a pedir una subvención al gobierno de Québec para rodar un documental sobre el “síndrome de París”, lo primero que te planteas es: “mierda, he tocado fondo. Nadie me toma en serio, todo el mundo piensa que soy lelo y me trago hasta la tontería más surrealista”.

Pero luego te encuentras con cientos de referencias en google, noticias de psiquiatras japoneses que abren clínicas especializadas para tratar a sus víctimas, e historias escabrosas en la oficina.

Si, el síndrome de París tiene también efectos secundarios en el entorno de sus víctimas: una de las secretarias de la oficina, I., estuvo de baja por depresión por culpa de este fenómeno, el año pasado. Su vecina, una estudiante japonesa de 31 años, echaba gases lacrimógenos en la habitación de su hijo como venganza porque supuestamente, el marido de I., en vez de ir a trabajar por las mañanas, se quedaba en casa y fumaba a escondidas en su baño para meterle humo en la casa. I. recibía también visitas del personal de SOS Racisme, preocupado por el trato supuestamente vejatorio que la chica japonesa decía sufrir – la verdad es que cuesta trabajo imaginar a esta adorable mujer levantándole la voz a una mosca, sea del color que sea. El caso es que I., preocupada, terminó dando parte de la situación para que le dieran atención psicológica (primero a la chica, luego la terminó necesitando ella misma).

Un buen día, los gritos nocturnos y las acusaciones de la jóven japonesa - que se negaba a abrir la puerta a los servicios sociales y de atención psicológica del ayuntamiento, cesaron de golpe.

Diez días después la escalera olía tan mal que los bomberos no tuvieron otra que entrar por la fuerza en casa de la jóven. Su cadáver en descomposición colgaba de una viga.

El piso estuvo un año vacío hasta que su propietario, un hombre japonés, llamó a un brujo para que expulsara las energías malignas que habían quedado atrapadas en el lugar del suicidio.

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